
Un paraíso en el campo
Es más que una casa de vacaciones y eso se nota a la primera ojeada, porque está llena de vida y eso solo se consigue con la presencia permanente de sus habitantes.
Es sólida, está en medio de una gran finca y rodeada de árboles plantados por sus dueños hace ya muchos años. A mí me da la sensación de que desprende tranquilidad y una perdurabilidad casi eterna. Y me parece un acierto ese revoco siena pálido y la pintura verde de las contraventanas: es la mejor manera de enlazar a un tiempo con la tradición y con la naturaleza.
Ya en la entrada de la casa quisiera señalar un par de elementos muy bien elegidos. Uno, evidentísimo, es el espléndido portón de madera tachonada que consiguieron de una casa antigua de la zona. El otro lo tenemos a nuestros pies porque se trata del suelo y sus buenísimas combinaciones. Vamos una por una. En el exterior, piedra de marés, procedente de la vecina Menorca, y acercándonos al umbral vemos que, justo delante, a modo de alfombrilla de entrada, se ha instalado un tapiz de cantos rodados. En los interiores se ha optado en prácticamente todos los casos por un suelo de barro artesanal, también recuperado como el portón, formando una medio espiga. Y una última curiosidad: la cocina se ha solado con baldosas hidráulicas, pero cuenta también con una zona de transición de cantos rodados. Este cuidado exquisito con los pavimentos muestra bien a las claras el gusto de los dueños por los detalles aparentemente más mínimos. Porque, os lo recuerdo por mucho que todas lo sepáis, son estas pequeñas cosas las que hacen a una casa única y excepcional.
Y ya en el interior, es de obligación señalar la logradísima mezcla entre el mobiliario rústico y unas piezas centroeuropeas (alemanas en gran parte, como sus dueños) delicadamente escogidas. El comedor es toda una proclama de esta alianza: sillas alemanas, lámparas de anticuario francés, mesa de roble de madera sin tratar, alacena de pino, y como remate genial una gran puerta hacia la cocina de madera labrada traída desde la India. Es sin duda el ambiente donde esta buenísima combinación entre lo rústico y lo elaborado tiene una presencia más espectacular, pero es una constante en el resto de las habitaciones. En el salón, el escritorio estilizado y la pareja de lámparas de mesa se armonizan perfectamente con la alfombra artesanal de fibra, muy campestre ella. Y en el dormitorio, la cama romántica con dosel de tipo colonial consigue un buen equilibrio con la cómoda de austeridad rural.
Eso en cuanto a la decoración. Porque la distribución es algo también a no olvidar. El espacio abierto, comunicado por grandes arcos achatados, confirma sin duda esa primera impresión que tuve al ver por primera vez la casa: estabilidad, contundencia, permanencia. Barro en el suelo, revoco en las paredes, vigas en el techo y una atmósfera quieta y al mismo tiempo vibrante de vida.