
Rústica por fuera y urbana por dentro
Era un antiguo pabellón de caza enclavado en medio del campo. Según me contaron los arquitectos que la remodelaron, la construcción, como muchas de las de su género, tenía los techos bajos, luz escasa y unos interiores compartimentados y angostos. ¡Quién lo diría! Después de la rehabilitación, se ha transformado en una casa magnífica, rescatados los muros originales de piedra, abierta al exterior a través de grandes puertas y ventanales, y con unos espacios diáfanos, amplísimos y luminosos. Una transformación a medida de sus dueños, padres de tres hijos pequeños y amantes de una decoración limpia y ligera. Una preferencia que opta por conservar lo mejor del pasado (los muros exteriores) y rodearse al mismo tiempo de unos interiores actualísimos, despejados, prácticos y decididamente urbanos. Una muestra clarísima: mientras el porche cubre su suelo con grandes baldosas de piedra, nada más traspasar la puerta es la madera la encargada de tal función. Una tarima clara, de lamas anchas, perfectamente entonada con las paredes color crema pastelera y el delicado fresno nórdico de las sillas danesas del comedor.
Exteriores rústicos, pues, perfectamente remozados y con un porche espléndido. Y unos interiores de arquitectura impecable, ordenados, claros y leves sobre los que me gustaría señalar un par de cosas: