Una casa azul y blanca en la Costa del Sol
Pero hay más que esa conseguida oposición entre interior y exterior. Más también que esa espléndida distribución constructiva en U. Sus espacios están cuidados con la mayor delicadeza y sensibilidad, y la aplicación de los colores es de auténticos profesionales. Los suelos son de roble en las dos plantas (excepto, ya queda dicho, en la cocina y el comedor), la escalera juega con el blanco y el color madera del roble (exacto a las tablas de la tarima) en los peldaños, en la barandilla y en el pasamanos. Y el mobiliario se ha elegido con acabado blanco. Tanto en las mesas, mesitas auxiliares y lámparas como en las tapicerías de sofás, butacas y hasta la ropa de cama. Envueltas en la atmósfera acogedora creada por el tono levemente amarillento de techo y paredes, las habitaciones nos contagian de su sosiego y dan una gran sensación de tranquilidad. También hay color, y mucho, en la cocina, gracias al papel pintado y al suelo, un color optimista y alegre pensado para acompañar al trabajo diario. Pero triunfa sobre todo el color vainilla, suavísimo, que sube hasta el dormitorio abuhardillado sobre el mar (fijaos qué vista tan maravillosa desde la terraza). Tonos apacibles, tan inductores al sueño como ese cabecero inspirado en el respaldo de un sillón orejero que, solo con verlo, nos conduce directo a las largas siestas de verano de cuando éramos niños. Más plácidas todavía ahora, en esta habitación sobre el azul del mar.