El verde de los prados de Cantabria forma un lienzo natural en los ventanales de este caserón y hasta el salón llegan a raudales su perfume fresco y su luminosidad limpia. La luz lo envuelve todo y, animada por la claridad de muebles, paredes y vigas patinadas, amplía un espacio salpicado delicadamente en malvas. Al abrazo de sus generosos sofás, de las chaise longues junto a la chimenea o de una zona de trabajo más recogida, el flechazo es instantáneo.
Y el corazón se rinde contemplando el espléndido paisaje desde el comedor, un mirador sencillo y clásico.
Bajo un techo a dos aguas que abuhardilla el espacio, dos confortables chaise longues ocupan el lugar más luminoso: el dormitorio. Entregándose al paisaje, este rincón de lectura duplica su calidez con la madera de las vigas y la tarima de castaño del suelo. Frente a él, el blanco de la cama y el espejo inundan el espacio de luz.
Muy cerca, en la habitación juvenil, de nuevo ese blanco luminoso en las paredes y en el cabecero de obra que agranda los espacios. Sin embargo, ahora cede el protagonismo a tonos de lavanda, evocando su ya inolvidable aroma.