
Entre el cielo y el mar
Esta vivienda ibicenca se alza en lo más alto de un acantilado, desde donde se domina un imponente abanico de mar azul. Rehabilitada hace unos años, gracias al inspirado trabajo de Ignacio García de Vinuesa y Juan Sobrino, es éste último quien nos cuenta la labor realizada: “La casa había sido construida a principios de los años ochenta por alguien que, según parece, tenía más sentido de la ostentación que de la funcionalidad. Así que lo primero fue plantearse cómo racionalizar el espacio y proceder a cambiar muchas cosas, tanto en la amplia zona exterior de la vivienda como en la distribución de sus ambientes interiores”. El nuevo propietario, por su parte, señala: “Lo mejor de la casa era su enclave, una situación privilegiada con vistas preciosas y rodeada de una vegetación frondosa, repleta de palmeras, olivos centenarios, higueras y algarrobos.” Buen conocedor de la isla pitiusa, él eligió esta cala apartada del ruido y las aglomeraciones como el lugar de relajación con que soñaba. Ahora, éste es el sitio donde, en compañía de sus familiares y amigos, descansa y se repone de su ajetreada vida de empresario madrileño.
Ahora la vivienda –distribuida en una planta principal y otra elevada, más pequeña, que alberga dos suites completas– está muy bien integrada en el paisaje: desde el mar apenas se la distingue de su entorno verde y azul. Su perfil irregular ocupa una parcela orientada al sur que tiene forma de embudo, es decir, que se va ensanchando desde la entrada hacia la línea de la costa. La linde final, donde está la piscina, termina en un escarpado acantilado. Desde allí, unas escaleras conducen hasta la orilla del mar, donde se ha dispuesto una plataforma de madera de teca, que se utiliza para tomar el sol a salvo de todas las miradas, o bien para zambullirse en las aguas del Mediterráneo, aquí completamente cristalino.
La piscina original de la casa era demasiado grande, de modo que se redujo para armonizarla mejor con las dimensiones de la fachada. Además, la vivienda cuenta con una espléndida zona ajardinada que se beneficia de la afición del propietario por la jardinería. Los muros exteriores se enfoscaron con una mezcla de pigmento y arena fina, en un tono muy acorde con la piedra de Marés que prolifera en las fachadas de las casas de la isla.
El comedor de verano, que antes no existía, se organizó alrededor de dos mesas gemelas rodeadas de bancadas de obra, al estilo ibicenco. Con el fin de defenderlo del severo sol estival, se cubrió con varios estores de esparto de Murcia. Sobra imaginar que estos amplios porches con arcadas son escenario de muchos de los buenos momentos que acoge esta magnífica casa.