
Restaurada con maestría y delicadeza
De lo que era esta casa a lo que es ahora, tras una minuciosa rehabilitación, hay un abismo. Una reforma pensada para abrir esta antigua casa de campo a la luz derivó en más ventanas y en puertas más amplias que dejan su huella luminosa por toda la casa.
Josep Curanta nos contagia su entusiasmo cuando habla de la rehabilitación de esta casa, situada en un bello pueblo ampurdanés. La construcción era casi una ruina y él, con el proyecto técnico de Núria Vidal, le ha devuelto la vida.
Un amplio e invitador vestíbulo recibe al visitante por la entrada de la calle, en la fachada opuesta al jardín. El acceso es una gran puerta cochera de doble hoja en la que se han abierto ventanas con postigos para favorecer la entrada de luz natural. “Con el fin de ganar altura, rebajamos toda la planta baja unos sesenta centímetros –detalla Josep–. Así los techos se ven más altos y se respira amplitud, algo que siempre se agradece”. El techo del vestíbulo es de vuelta catalana rebozada en blanco y el pavimento, como en toda la vivienda, de toba manual. “La única pared en la que conservamos la piedra a la vista, aparte de las del jardín, es la de la escalera, una forma de vincularnos al pasado, al origen”, comenta el constructor.
En el salón, la suavidad de su aire afrancesado es una clara invitación a la quietud. El color marfil aligera el peso de las rotundas vigas, igual que las tapicerías y los textiles claros. Una selección muy cuidada de tejidos naturales compone una atmósfera refinada, acogedora y, al mismo tiempo, respetuosa con la tradición. Los linos y los terciopelos –en verdes y malvas– de las tapicerías se alían con las maderas sin barnizar y las alfombras de fibra. El salón es luminoso y versátil, y se abraza al jardín a través de las grandes puertas cristaladas, con carpintería de un suave verde pálido. El espacio se reparte entre dos ambientes que pueden combinarse según las necesidades de cada momento: uno ante la chimenea, con dos chaise longues, y una tertulia con un sofá, una butaca y un puf.
El comedor, junto a la cocina, se abre al salón cuando se desea, o bien puede cerrarse para lograr intimidad, gracias a la gran abertura acristalada, gemela de las que comunican con el jardín. “La relación estrecha entre las diferentes estancias fue otra de las metas de nuestro trabajo. De alguna forma nos inspiramos en las grandes villas de la antigua Roma, diáfanas y vitales, en las que las barreras entre el interior y el exterior se difuminan al máximo –explica Josep–. Las divisiones son las mínimas imprescindibles y las miradas y la luz corren sin obstáculos”. Flanquean la chimenea, de obra y con sutiles molduras, una consola y una librería acristalada de roble gris, ejemplo de los “pocos y escogidos” muebles de la vivienda.
En la cocina, una ventana en arco funde el verde de su carpintería, a juego con los armarios, con el del exterior. Tradición y actualidad se alían en la cocina hasta la excelencia. “En cuanto al aspecto exterior recuperamos el sabor de las viejas cocinas de pueblo, con su pila de mármol, su campana de obra y sus muebles de madera con pomos nacarados –relata Josep–. Sin embargo, ‘por dentro’ cuenta con los máximos adelantos técnicos y con el equipamiento más actual: electrodomésticos, griferías, instalaciones...”. Toda la estructura del mueble bajo está hecha de obra, revestida de cemento, un material tradicional y actual al tiempo.