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Salón con sofás blancos y comedor al fondo

Una casa provenzal en Menorca

Un lugar de vacaciones puede ser tan sólido como para albergar generación tras generación, bajo sus gruesos muros de piedra. Esta es la historia de esta casa menorquina.

Cuando tienes una casa en primera línea de mar acostumbras a pasarte el día en traje de baño –nos comenta el propietario de esta casa–. Haces vida en el mar y regresas al anochecer. Es cómodo, sobre todo cuando tienes hijos pequeños, pero después de treinta años veraneando en Menorca, preferíamos una casa distinta que pudiéramos utilizar todo el año”, añade. En el interior de la isla, a 800 metros de la playa y con una vista inmejorable (Mallorca se divisa al fondo), fue hace quince años cuando encontraron este terreno que resultó el adecuado para construir una vivienda que se adaptara a sus necesidades. Grande, confortable, cómoda y distribuida de manera útil para toda la familia, se diseñó en dos plantas y un sótano, con dos espacios diferenciados para cada uno de los hijos de la pareja y sus familias, y un eje central como punto de encuentro para todos.

La Provenza en Menorca

Los gruesos muros con cámara de aire y los distintos porches de la fachada, orientada al sur  –ocupan más de 75 m2 de los 340 m2 que tiene la planta baja– crean muchos rincones de sol y sombra para comer o descansar al fresco. “La casa respira un aire mediterráneo, alejado de las típicas construcciones menorquinas porque buscábamos una arquitectura que bien pudiera encontrarse en la Toscana o la Provenza”, explican. Fueron necesarios dos años para dar a cada detalle el valor ideado por el propietario y el arquitecto Josep Juanpere, autor del proyecto: “Más que con regla y cartabón, la casa se dibujó siguiendo las curvas del terreno –dice el arquitecto-.

Realizada por los mejores

Muchos operarios vinieron de fuera. Los estucadores, por ejemplo, trajeron polvo de Marés para las paredes; llegaron especialistas de cerámica de la Bisbal y las puertas de hierro se pintaron en verde inglés, siguiendo la tradición británica de la isla”. Por otra parte, el trabajo paisajístico de María Jover con los muros y escaleras exteriores de piedra que conectan la casa con distintas zonas de jardín y piscina y los más de 400 árboles –traídos de diferentes puntos de la Península, como los cipreses de la entrada– han acabado por darle a la casa una personalidad única. En el interior de altos techos con vigas a la vista se repite la secuencia de arcadas del porche y una decoración sobria y confortable. Todos los dormitorios cuentan con vistas y, gracias al grosor de los muros, “conseguimos dormir tapados en Menorca y en ¡pleno verano!”, sonríe el propietario.

 

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