
Una casa en el sur para disfrutar todo el año
Comprendo perfectamente por qué se eligió una foto de la pérgola para abrir el reportaje en El Mueble. Un consejo: buscadla, abridla y estaréis de acuerdo conmigo. La imagen nos muestra un pabellón techado sostenido por columnas y abierto totalmente al jardín. Tan solo unos visillos muy sutiles (con una función decorativa clarísima) cuelgan de las vigas y lo protegen de los vientos y el sol. Un lugar espléndido. Hablando en plata, una ve esa maravilla, con la piscina, las palmeras y los arbustos verdísimos como telón de fondo y piensa que ha entrado en el paraíso. Bueno, pues os contaré que la pérgola no formaba parte de la casa. La construyeron sus actuales propietarios porque querían disfrutar a fondo de la vegetación y el clima mediterráneo. Una buenísima idea para tomar nota, sobre todo si se cuenta con un jardín o con un espacio adecuado, pero en todo caso sencilla de instalar apoyada en la fachada.
El escenario es espectacular, pero la decoración merece también un 10. La blancura contrasta con el verde y la alfombra de sisal hace de vínculo con la naturaleza. Y es un espléndido anuncio de lo que veremos a continuación al introducirnos en los interiores. Unas cristaleras continuas dan paso a un espacio que ocupa prácticamente toda la planta, donde el salón y el comedor se despliegan a su gusto, sin problemas de estrecheces. No se trata de un salón al uso, y eso me interesa señalarlo, porque aquí el papel del interiorista ha sido decisivo, y en mi opinión, magistral. Si os fijáis, cada uno de los cuatro asientos (sofá, butaca, puf, banqueta) es distinto al resto de sus compañeros y tiene una personalidad fuerte, una tapicería diferenciada, y una función propia. Al mismo tiempo (esa es la magia de quien sabe hacerlo) forman un conjunto perfecto en el que cada uno complementa a los demás. Vamos, puro encaje de bolillos es este salón. Y aún os digo más, la banqueta (o chaise longue, como queráis llamar a este sofá sin respaldo) permite a un tiempo permanecer en la zona de estar y beneficiarse del calor de la chimenea, como si fuera reversible, que en cierto modo lo es. Y es que la chimenea también tiene su aquel, situada como está en la zona de paso al comedor, un territorio de nadie y al mismo tiempo de todos, una pieza de finalidad práctica para calentar todo el amplio espacio y que al mismo tiempo, por sus especiales características y su ubicación, adquiere una función escultórica y abiertamente estética. ¿A que tengo razón?