Una masía centenaria restaurada
Aquí, además, se hizo alguna reforma más y se abrieron algunas ventanas allí donde no las había. Parece evidente que en el siglo XVII los habitantes de esta masía tan solo necesitaban de un pequeño ventanuco para dar salida al humo de los fuegos y chimeneas. Los muros, entonces, cuanto más cerrados mejor para protegerse del frío y del calor. Pero en el siglo XXI una buena calefacción nos permite el lujo de contemplar el mundo bien calentitos detrás de una fantástica cristalera. La ventana horizontal detrás de uno de los sofás blancos, las dos ventanas fijas verticales, una encima de la otra, todas en el salón, actúan como los cuadros más hermosos del Ampurdán.
Hasta aquí lo más general y lo más básico, la lección de rehabilitación prometida. Pero no me resisto a decir cuatro cosas de aspectos más decorativos. Sin pasarme un pelo para no aburriros.
Uno, la cocina, una reconstrucción preciosísima de una cocina ”a la antigua” con tecnología y estética moderna. Azulejos artesanales, campana de obra, encimera de mármol Macael, frentes de armarios de madera pintada en un verde sutil y apagado, mesa y sillas de almoneda, salida directa al campo: aquí sí da gusto cocinar.
Dos, los muebles, sencillos, de líneas rectas y puras, sin más pretensiones que ofrecer comodidad y ser útiles, una pretensión ideal. Si dais un repaso a las fotos os podréis fijar en que ninguno está de adorno ni sobra. Todos, hasta el espejo de marco dorado colgado en la entrada del dormitorio principal, tienen una función y un sentido. Los justos, pues, pero elegidos con cariño y esmero. Rústicos pero siempre confortables.
Tres, la zona infantil es la más luminosa y clara de toda la casa. Y eso me parece realmente muy generoso para con los niños, que aborrecen y temen la oscuridad. ¿Qué se ha hecho? Algo tan sencillo como pintar de un blanco con azulete el entramado del techo y utilizar muebles decapados también blancos, tanto en el dormitorio como en el baño. Una solución muy práctica, considerada y hermosa.
Y cuatro: la piscina, cuadrada y sin artificios, a la manera de un estanque, está flanqueada por dos parterres gemelos de lavandas, una buenísima manera de aprovechar la brisa para perfumar el agua donde nos bañamos y, en el sentido opuesto, la atmósfera que se respira desde el porche.